martes, 16 de junio de 2009

A veces uno no elige su vida - Parte 1

Todo estaba tan bien, hasta que los rayos de luz –que se escapaban por las rendijas de la persiana que me había olvidado cerrar- incidieron directo hasta mi cara haciéndome despertar. Inconscientemente huí de ellos escondiéndome bajo las sábanas, pero era inútil considerando que, después de que abro los ojos aunque sea una pequeña micra no los puedo volver a cerrar por más de cinco minutos seguidos, así que después de bostezar y estirarme en la cama, me senté para ver el reloj, y tal cual había supuesto estaba amaneciendo. Miré con cara de fastidio, frustración y odio al reloj con forma de gato en mi cuarto, pero no era como si eso iba a cambiar algo, después de todo no era su culpa, ni siquiera le di tiempo de que sonara, de hecho faltaba una hora para ello.

Me levanté, abrí la puerta del baño en éste, y sin ni siquiera parar en el espejo para ver mi reflejo me desvestí para ir directo a la ducha, detalle, se me había olvidado prender el calentador, pero ya va, se había dañado. ¿Qué fue lo primero que cayó sobre mi cabeza?, agua de hielo derretido, y justo cuando estaba maldiciendo al mundo por su forma para nada amable de terminar de despertarme, escucho la voz de mi hermana burlarse de mi descuido; “perfecto, lo que me faltaba”, pensé. Ya después de haberme acostumbrado a la muy amable temperatura, me terminé de asear, y al salir de la ducha, como no estaba el espejo empañado por el vapor creado por mi amor platónico: el agua caliente, tuve la oportunidad de verme al espejo.

Maldije por enésima vez mi suerte, “¿es que será que algún día deje de parecerme físicamente a ella?”, imposible, si me ponía lentes de contacto y me pintaba el cabello, podría ser su gemela, y eso era torturante, demasiado torturante, menos mal que ya no era una niña, donde no me conocían por mi nombre sino por la referencia “la hermana de…”, y también existía la constante de mis padres de “ahora también haces eso, pareces una copia de tu hermana”, y hay que ver que esta era una comparación en exceso despectiva, y eso, no ayuda con el desarrollo normal de una niña que de por si tiene problemas de adaptación como lo era yo, pero que demonios, estoy ya grandecita para quejarme de mis problemas de niñez.

Me vestí y salí a la sala, encontrando a Amada pegada a la computadora, con una gran taza de café al lado, revisando una cantidad de tablas inentendibles para mí, mi fuerte eran las artes, no los números y los billetes como a ella, lo peor es que, si se le veía de lejos, era una chica normal, con un físico que por suerte yo también heredé, y con un ligero exceso de seriedad. Pero nadie la conocía como yo, quizás nadie la llegue a soportar tanto como para conocerla, y al conocerla nadie sería lo suficientemente cuerdo para seguir a su lado. Yo, la conozco, y la quiero, pero mi respeto lo perdió hace tiempo, sólo queda el buen trato generado por la costumbre, porque aquel que se burla de ti, te usa, y te miente, a menos que la persona en particular sea masoquista, no puede tener el respeto de nadie.

Fui a la cocina a preparar el desayuno para ambas, e irónicamente fui recordando como me convertí en lo que soy ahora, “estoy muy… bah se me fue la palabra” pensé, y sin querer retomé el hilo anterior de mis pensamientos y concluí que después de todo tengo algo que agradecerle a mi hermana, gracias al no quererme parecer a ella forme mi propia manera de ser, totalmente apartada del resto, hasta un punto que cuando alguien intentaba siquiera compararme, las comparaciones eran por algo tan mínimo, que ya ni me molestaba. Gracias a ella soy alguien diferente y no una oveja más de un simple rebaño.

- Diana, se te está quemando la comida – escuché decir a mi hermana cerca de mí, y cuando me di cuenta estaba justo detrás abrazándome – no se para que te pones a hacer desayuno si sabes de antemano que se te quemará – me soltó para apartarme muy sutilmente para hacer ella misma la comida – ve a seguir durmiendo, tu no acostumbras estar parada tan temprano, yo te llamo cuando la comida esté lista-.

- Gracias por apreciar mi esfuerzo por nulo que haya sido – dije pesadamente para darme la vuelta y salir de la cocina-.

- Yo aprecio todo lo que tu haces, pero sabes no puedes ser perfecta en todo, tranquila.

Me voltee esperando una sonrisa sarcástica-burlona, con una mirada de reproche, pero me encontré con una de las pocas sonrisas sinceras que se le podían ver a Amada Jones.

“En estos momentos… aunque no la respete y a veces quiero que desaparezca, simplemente no la puedo odiar”

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