jueves, 10 de junio de 2010

Cartas sin remitente. Parte I

Hace un rato lo estuve pensando, ¿quién soy?, y la respuesta aunque simple puede tornarse compleja. En primer lugar mi nombre es Marie, un nombre que me encanta, que detesto que traduzcan, un nombre que me define y que aunque sé pueden haber miles con ese nombre allá afuera se que ése nombre forma parte de mí, de mi manera de ser, de mi orgullo.

Tengo casi veinticinco años y a pesar de todo siento que ningún año que ha pasado por mi vida ha pasado en vano, cada momento, cada encuentro, cada persona que ha pasado por mi vida me ha hecho lo que soy, y a pesar que algunos momentos me han dolido y lo seguirán haciendo (sólo que como me dijo una buena amiga, el dolor no se va, sólo se hace más soportable), amo de una manera muy rara todo ello, cada risa, cada lágrima, cada molestia, cada palabra, cada gesto están grabados a fuego en mi memoria, y aunque a veces parece que lo olvido, sólo es eso, un parecer, porque tarde o temprano lo recordaré.

¿Qué influencia han tenido en mi vida? demasiados cambios que tendría que comenzar a enumerar, me importa más el producto final que el producto en bruto. Comencemos por mis defectos, en cuanto a relaciones humanas soy indecisa, siempre he necesitado que me guíen, soy despistada, puedo tener algo en mis narices y si no me dicen "¡Marie vas a caer en el río!" (*Ríe* haciendo referencia a lo que me pasó ayer) no me doy cuenta, mi personalidad es cambiante, se adapta a la circunstancia o por lo menos la más externa, porque en el interior seguimos siendo los mismos. Necesito situaciones extremas para actuar, soy terca, hasta rayar el extremo de la estupidez, me gusta caminar por lo seguro por lo que muchas veces pierdo oportunidades que me pasan por al lado y que con sólo estirar los brazos puedo agarrar. Soy realista hasta el fatalismo a veces, y eso es molesto incluso para mí, y me aferro a la realidad, por miedo a lo inesperado. Me gusta actuar con la cabeza en frío, y eso tiende a que tome hasta situaciones emotivas de una manera bastante fría, aunque eso no implica que me pueda importar en el fondo. Soy orgullosa y algo narcisista, no tiendo a dar mi brazo a torcer fácilmente. Soy de adaptación lenta, el olvidar (o en este caso obviar) también se torna lento, puedo recordar con la misma intensidad de emociones las cosas que me pasaron uno o dos años atrás. Ah, se me olvidaba soy perezosa y por ello tiendo a dejar cosas que puedo hacer hoy, para después y además, tiendo a vivir bajo estrés así no sea necesario.

Mis virtudes son contrapuestas a la mayoría de mis defectos, haciendo que a veces me vea hasta bipolar, no lo soy, no tengo cambios de personalidad, soy yo misma. A pesar de lo despistada, cuando no lo soy, soy capaz de leer entre líneas, me considero alguien detallista. Adicta al trabajo, aunque no se si será una virtud o un defecto, me gusta salir para adelante sola, por mis propios medios, no me gusta depender de nadie, no me gusta sentirme un estorbo o una mantenida en el peor de los casos. En mi último trabajo descubrí que si bien no me gusta la docencia porque la paciencia no es una virtud mía (se me olvidó colocar eso en defectos, aparte de mi reticencia a los niños porque me parecen algo tan moldeable, tan delicado, que tan sólo una acción puede marcarlos de alguna forma y aparte por miedo que algo que les haga llorar, me desespera un niño llorando *ya se, voy a sufrir cuando tenga hijos, atribúyanlo a que soy la menor de toda mi familia, paterna y materna, cuando por fin apareció alguien pequeño cercano, ya les tenía el suficiente pavor como para no acercarme*), me encanta ver como un niño aprende algo nuevo, me fascina ver su rostro de felicidad cuando algo que les parecía difícil lo logran y me encanta ser partícipe de ello (aún considero a mis alumnitos mis hijos, realmente me derrito toda cuando me preguntan cuando voy a volver, el darles clase, a pesar podía dar dolor de cabeza *porque hay unos que son EL dolor de cabeza* me alegraba el día, siempre tenían algo nuevo que decir o que hacer u.u). Me gusta aprender, todo lo que me deje una enseñanza será bienvenido, siempre y cuando no me enseñen de mala gana porque comienzo a meter la pata MUY feamente. Me gusta ver pequeñas cosas que me hagan feliz así sea un instante, un recuerdo, un comentario, un gesto, una nube, una figura cómica en los dibujos del granito de mi piso y me gusta intentar buscar una rendija de luz en la oscuridad, a pesar de que puedo demostrar que soy absolutista (“o es blanco o es negro, pero no gris”) en las cosas malas intento ver siempre algo bueno, una solución, una salida, aunque muchas veces comienzo tirando flechas hasta que por fin doy con el blanco. Me considero entregada, intento dar lo máximo de mí en cualquier instante, pero eso sí, sin estresarme demasiado. Soy decidida (aunque son pocas las veces que esto sale a la luz), si me planteo una meta no descanso hasta conseguirla, siempre y cuando no dañe a terceros a mí alrededor, soy de las que dicen que “nada es imposible”, pero sin embargo necesito verlo para creerlo. Soy fiel a lo que siento y pienso, y soy incapaz de dañar a alguien siendo consciente de ello. No me gusta la hipocresía, no me gusta usar a la gente en mi beneficio, me gusta tener las cosas en mi control siempre y cuando no perjudique a alguien en mi intento, o por lo menos el conteo de daños sea menor al de beneficio. Sé separar mis papeles, sé cuando debo actuar como una desconocida, una novia, amante, o amiga.

Con todo esto ¿a que quiero llegar? no lo sé, quizás a una reflexión netamente personal que me pareció atractiva hacerla pública, es bueno de vez en cuanto sentarse a pensar en nuestras virtudes y defectos, y que hacer para que éstos últimos no afecten a los primeros.

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